Rúbrica
Entre la desaparición, los distractores y el silencio impuesto
Por Aurelio Contreras Moreno
La crisis de derechos humanos y violencia criminal que pervive en México, junto
con el asedio a los medios de comunicación para que no se hable de eso, se ha
convertido en una tragedia estructural.
Este lunes 11 de mayo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
presentó un informe que reitera y confirma lo que miles de familias llevan años
gritando en las calles: la desaparición de personas es, si no una política de Estado
en sentido formal, sí una práctica sostenida por la impunidad y la colusión de
autoridades con el crimen organizado. Paralelamente, con unos días de diferencia,
la organización internacional de defensa de la libertad de expresión, Article 19,
confirmó que el país sigue siendo uno de los más peligrosos para ejercer el
periodismo, con agresiones sistemáticas, censura y vigilancia.
El informe de la CIDH es contundente y se refrenda con cifras que coinciden de
manera inequívoca: México acumulaba más de 128 mil personas desaparecidas
hasta mediados de 2025 –a la fecha se habla de más de 135 mil-, lo que coloca al
país en un escenario de guerra no declarada contra enemigos que han sido más
letales que cualquier otra amenaza en la historia del país. Y este escenario es el
resultado de un entramado institucional que así lo ha permitido.
La CIDH señala lo que el gobierno de Claudia Sheinbaum se empeña en
desconocer: en muchos casos, las autoridades no solo son omisas en su deber,
sino que participan activamente en la desaparición. “Las desapariciones forzadas,
es decir, aquellas cometidas por funcionarios estatales, aún no han sido del todo
erradicadas: se documentan en el informe varios casos en que estas habrían
ocurrido en connivencia entre el crimen organizado y autoridades encargadas de
tareas de seguridad y de procuración de justicia, así como autoridades políticas”,
destacó el comunicado oficial. Y así, el Estado mexicano, en lugar de garantizar
justicia, se convierte en perpetrador.
La semana pasada, Article 19 presentó otro informe, nombrado “Estructuras del
silencio: censura, opacidad y vigilancia”, en el que documenta, entre otras cosas,
que la Ciudad de México, Puebla y Veracruz lideraron los casos de agresiones
contra periodistas en 2025. No es casualidad: son entidades, particularmente las
dos últimas, donde el poder político es abiertamente intolerante a la crítica y los
aparatos legal y de seguridad se utilizan para intimidar.
Mientras los informes internacionales exhiben la magnitud de la crisis, el régimen
de la supuesta transformación minimiza cifras, acusa a las organizaciones de
tener “agenda política”, de “injerencistas” o de servir a la “derecha”, mientras se
distrae a la opinión pública con temas irrelevantes, artificialmente desarrollados y/o
francamente absurdos.
La presidenta y sus voceros prefieren hablar de lo malo que era Hernán Cortés y
de expulsar del país sus restos –con una “pequeña” ayuda de una oposición para
llorar-, que de la crisis de los desaparecidos; o llegando a excesos insólitos,
bufonescos, se anuncia el adelanto del fin de cursos escolares para poder ver el
Mundial de Futbol y luego, como si nada, se echan para atrás. Todo, para que la
opinión pública esté entretenida con frivolidades y no voltee a ver la más que
evidente -e innegable- complicidad de políticos del régimen morenista con las
mafias del crimen organizado; que no reclame por la violencia que azota
directamente a la ciudadanía de a pie todos los días; y que vea con indiferencia
los casos de censura y persecución a los periodistas, que terminan por censurar a
toda la sociedad.
El cínico despliegue de estas estrategias distractoras no solo pretende negar la
realidad: busca enterrar la memoria colectiva bajo cientos de capas de
propaganda que silencien cualquier reclamo o exigencia al régimen para que
cumpla con sus mínimos deberes. Y muchas veces, medios, políticos y
ciudadanos caemos fácilmente en la trampa.
México vive una crisis de derechos humanos que el gobierno pretende ocultar bajo
múltiples distractores y con el estruendo de sus propagandistas y textoservidores.
Pero el silencio impuesto no puede borrar la realidad. Y ésa, no va a dejar de
perseguirles.
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