Raphael y su emotivo reencuentro con los mexicanos en el Auditorio Nacional

Y sigue siendo aquel.  El mismo que gesticula, el que mueve la mano de un lado a otro, el que te lanza una mirada como retándote, el que lleva las manos a la cintura y el que sigue amando con locura.

Apenas apareció su figura sobre el escenario del Auditorio Nacional, un poco más delgada que de costumbre y con paso precavido, y el respetable se le puso de pie. Un minuto de aplausos y él, sonriendo, con ese mirar pícaro y agradecido.

Raphael, el Divo de Linares celebra su gran noche; Él es aquél

Llegó la noche y de inmediato uno de sus grandes éxitos, Yo sigo siendo aquel. Continuó Cierro mis ojos y Digan lo que digan, pues al final, a él, le da igual. 

Raphael no necesitó, hasta este momento, ni decir buenas noches a su público. Sabe que lo aman, que lo reciben con los brazos abiertos y le entregan el alma. Apenas llevaba 15 minutos de show y apareció Mi gran noche, que los asistentes conocen tan bien y cantan a la par. De nuevo el respetable se le puso de pie y le aplaudió como si el show ya hubiera terminado. La realidad, es que aún faltaba, y mucho.

Sucedieron Amo, Si no estuvieras tú, Tema de amor y Los hombres lloran también, que trajeron un momento más calmado, pero los gestos, el alzar de cejas y la mirada hacia el horizonte, continuaba. Fue en esta última que El Divo de Linares tomó una silla que había traído y se sentó y, como dice la canción, él también lloró.

Homenaje a la chanson française

Justo antes del accidente cerebrovascular que sufrió en diciembre de 2024 y que lo apartó de los escenarios, Raphael lanzó su disco Ayer… aún, un homenaje a la chanson française y así lanzó Padam Padam, La Vie en Rose e Hymne a L’amour, set en el que incluyó el tango Malena. 

“Estuve enamorado / pero ya no siento nada / Ni me inquieta tu mirada / como ayer”, cantaba Raphael y la gente lo seguía. Imitaban sus movimientos, su levantar de hombro, su risa de desdén y mirada de soslayo… total, como dice la canción: “ pero quiero ser sincero / de verdad que no te quiero / como ayer”. 

Amor mío y Cuando tú no estás salieron de su voz y de las 10 mil gargantas que lo acompañaron. Ahí estaba su voz de barítono dándolo todo y gritando “Nada soy sin Laura / Solo estoy sin su amor”. 

Ese valsecito peruano del siglo pasado, Que nadie sepa mi sufrir, y que internacionalizó Edith Piaff como La Foule -con otra letra- y hasta cumbia tuvo, llegó en la voz del nacido bajo el signo de Tauro.

Acompañado por una guitarra cantaba para que nadie supiera sus penas y de nuevo esa mano que hipnotiza de arriba a abajo, moviendo la muñeca a lo andaluz. 

Llegaron sus primeros palabras agradeciendo a México por acompañarlo desde el inicio de su carrera y dar paso a La llorona. 

Apareció Estar enamorado, de Manuel Alejandro, y la gente se volcó en emoción que acompañó con las luces de sus teléfonos móviles y comenzaron a grabar. Quizá por la generación que acudió a ver al español, muy pocos grabaron con sus celulares y optaron para que quedara todo en su mente.

Ámame marcó el encore de Raphael pero aún… había más. Regresó dando esos pasos de juventud con los que conquistó a millones por todo el mundo y regalar En carne viva, otro clásico de Manuel Alejandro, y cuya voz retumbaba por todo el Auditorio Nacional.

Y en la recta final apareció Qué sabe nadie, uno de sus himnos más importantes.

Y ahí estaba Raphael, soberbio, elegante, con esa teatralidad suya y de nadie más. Retando de nueva cuenta y afirmando “A veces oigo / sin querer algún murmullo / ni le hago caso y yo me río y me pregunto / qué sabe nadie”. 

Salida en falso de nueva cuenta y regresó como niño, mirando y  para rematar con Yo soy aquel, Escándalo y Como yo te amo. Y sí, como él nos ama, nadie nos amará, ya sea en la alegría o en el llanto.

Excélsior

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