Rúbrica
Devorarse a sí mismos
Por Aurelio Contreras Moreno
El sainete protagonizado por Rubén Rocha Moya, quien regresó a la gubernatura
de Sinaloa después de más de tres meses de licencia para volver a solicitarla
apenas unas 34 horas después, sería un teatro meramente grotesco si no revelara
algo mucho más grave: el grado de descomposición interna alcanzado por el
régimen de la autodenominada “cuarta transformación”, cuyos conflictos intestinos,
expedientes criminales y lealtades contrapuestas comienzan a desbordar los
mecanismos de control político construidos durante el sexenio de Andrés Manuel
López Obrador.
Rocha Moya se reincorporó a su cargo formalmente la mañana del viernes 21 de
agosto, supuestamente por “decisión personal”. Pero la aventura duró poco más
de un día. El sábado por la tarde-noche solicitó otra licencia, ahora indefinida, que
el Congreso estatal aprobó el domingo por unanimidad. Sin dar más explicación
que un escueto “por así considerarlo pertinente”.
En esas 34 horas, la dirigencia de Morena se deslindó de su regreso. Los
gobernadores morenistas evitaron respaldarlo y “cerraron filas” –por lo menos
discursivamente- con Claudia Sheinbaum, quien le dejó saber su absoluto
desacuerdo con una maniobra de la que, según dijo, se enteró por redes sociales.
Lo cual tampoco es creíble. Pero si así fue, sería otro signo de la debilidad con
que la ven dentro de su propio movimiento.
El hecho fue que Rocha Moya se quedó solo. Y por lo visto, tampoco contó al final
con el apoyo del poder real dentro del morenato: el del expresidente en las
sombras.
Resulta difícil creer que un político experimentado como Rocha Moya haya
decidido lanzarse a semejante aventura sin calcular las consecuencias o sin tener
un respaldo político vigoroso. Mucho más cuando enfrenta acusaciones graves en
Estados Unidos por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa,
señalamientos que penden sobre su cabeza hoy más que nunca con un testigo
clave del asesinato de su rival político, Héctor Melesio Cuén, “cantando” ante la
FGR sobre lo que ocurrió aquel día en el que también emboscaron a Ismael “El
Mayo” Zambada y se lo llevaron “de regalo” a Estados Unidos. Algo cambió en el
escenario que se volvió en su contra. Y terminó casi defenestrado por quienes no
hace mucho le coreaban “no estás solo”.
Un hecho muy destacable de todo este “affaire” es que por primera vez en lo que
va de su sexenio, Sheinbaum hizo valer el poder presidencial. No mediante
discursos ambiguos ni dejando que el conflicto se pudriera durante semanas, sino
aislando políticamente al gobernador que llevaba varios meses defendiendo y que
ahora parece estaría en la más absoluta orfandad.
La Presidenta demostró –incluso, se lo demostró a sí misma- que dispone de
instrumentos suficientes para doblar a un gobernador que creyó que podría
desafiarla. Lo que todavía está por verse es si puede hacerlo con todos los grupos
y personeros que heredó de su antecesor, y que han llegado al extremo de
humillarla al operar nombramientos y tomar decisiones en contra de sus deseos.
Andrés Manuel López Obrador dejó formalmente la Presidencia en 2024, pero el
sistema quedó lleno de gobernadores, legisladores, dirigentes, funcionarios y
operadores cuya lealtad política sigue vinculada con él. Claudia Sheinbaum recibió
la Presidencia, pero no el control total de todas esas estructuras.
En medio de lo anterior, la llamada “4t” enfrenta los mayores escándalos de
corrupción de la historia moderna de México –Duarte y Peña son unos
principiantes a su lado-, vinculados con contrabando de combustibles y redes de
protección institucional que han embarrado hasta a la Marina. Las investigaciones
sobre el llamado “huachicol fiscal” han abierto interrogantes sobre hasta dónde
llegaron las redes de corrupción durante el gobierno anterior. Y los caminos
apuntan hacia la familia de López Obrador, concretamente a su hijo “Andy” López
Beltrán, quien una semana antes se quedó sin visa estadounidense.
López Obrador logró mantener unidos a grupos absolutamente disímbolos
mediante disciplina política, reparto de posiciones y protección desde el poder. Al
aparecer investigaciones criminales internacionales, expedientes judiciales y
presiones provenientes de Estados Unidos, esa disciplina se vuelve mucho más
difícil de mantener, cada grupo comienza a luchar por sobrevivir y las lealtades se
evaporan.
Si Rocha se atrevió a intentar regresar sin siquiera buscar el beneplácito de la
Presidenta, eso significa que alguien dentro del régimen todavía considera que el
poder de Sheinbaum puede ser desafiado, dejando expuesta una guerra interna
cuyo desenlace puede llevarse entre las patas al país.
Casi de la misma manera que le sucedió al PRD, el morenato empieza a
devorarse a sí mismo. A un costo que puede ser gigantesco.
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