Chris Clark mira por la ventana y no ve gradas ni torres de luz. Ve conejos corriendo entre pastizales, beagles persiguiéndolos y a un grupo de chicos del sur de Buffalo enviados ahí para no meterse en problemas. El lugar era un campo agrícola abandonado, un viejo almacén y centro de pruebas de explosivos de Dupont. Década de 1960. Nadie hablaba de NFL. Nadie imaginaba que ese terreno sería durante 53 años el epicentro emocional del oeste de Nueva York.
Clark tiene 73 años y ha pasado más tiempo en y alrededor del estadio que muchos jugadores que lo convirtieron en leyenda. Fue ayudante del sheriff, dirigió tráfico en los años setenta, vio crecer la mole de concreto inaugurada en 1973 y desde 2006 es vicepresidente de seguridad de los Bills. Este domingo, cuando Buffalo reciba a los New York Jets en el cierre de la temporada regular, Clark sabe que algo se apaga.
“Siento que cierro la puerta de mi segunda casa”, dice Clark en entrevista con AP. Del otro lado de Abbott Road ya se levanta el premio, un estadio valuado en 2.100 millones de dólares, moderno, eficiente, preparado para otra era.
Aquí no sólo se jugó futbol americano. Aquí se acumuló vida. Rodaron mesas rotas en los estacionamientos, hubo conciertos multitudinarios, arrestos insólitos, milagros deportivos y derrotas que dolieron por décadas. Clark vio sobrevivir a colegas atropellados mientras dirigían el tráfico. Desde una azotea fue testigo del regreso imposible de 32 puntos contra Houston en 1992. Custodió a Bill Clinton, a Taylor Swift y a entrenadores que ya son parte del archivo histórico de la liga.
Highmark, o The Ralph como aún lo llaman, siempre fue un estadio sin maquillaje. Grande, abierto, expuesto al clima. Alguna vez tuvo más de 80 mil asientos y aun así conservó una intimidad incómoda, sobre todo en la zona baja, donde el público parecía respirar encima del campo. Mary Wilson, viuda del fundador Ralph Wilson, lo resume sin nostalgia forzada. “Cada asiento era bueno”.
El túnel como declaración de identidad
Si el estadio tuviera un órgano vital no sería el campo. Sería el túnel.
Un pasadizo de 20 pies de ancho y casi 400 de largo, con una pendiente del siete por ciente, equivalente al descenso del Paso de Vail en Colorado. Piso gris, bloques de concreto, tuberías a la vista, pintura negra y azul rey. Nada de luces teatrales ni humo artificial. Por ahí pasó todo.
Desde 1973, más de 1148 jugadores de Buffalo salieron de ese túnel. También Joe Namath, Walter Payton, Lawrence Taylor, Bo Jackson y Tom Brady. Por ahí caminaron Mick Jagger, Michael Jackson, Beyoncé, Jay-Z, Bob Dylan y multitudes. Ambulancias, carritos de golf, árbitros, cocineros, policías, entrenadores y médicos convivieron en un caos funcional que hoy resulta impensable en la NFL.
Andy Major, vicepresidente senior de operaciones, lo admite. “Somos arcaicos”. Un solo acceso para todo. En día de partido, más de mil personas cruzan ese punto varias veces. Y aun así, funcionó durante 53 años.
Los vestuarios enfrentados, separados por apenas seis metros, forzaron miradas, bromas, amenazas silenciosas. Bruce Smith con los brazos untados de vaselina. Rivales sin mangas en pleno invierno. Juegos mentales antes del kickoff. “El partido empezaba ahí”, recuerda Bruce Armstrong, histórico tackle de New England.
No siempre quedó en miradas. Hubo peleas, escupitajos, multas históricas. En 1995, Bryan Cox salió expulsado, caminó por el túnel insultando a la grada, recibió cerveza y basura, y Carwell Gardner lo persiguió hasta el vestuario visitante. La NFL castigó fuerte.
Donde el viento también juega
Desde lo estético, Highmark fue el último de su especie. Un estadio totalmente expuesto en una de las regiones más hostiles del calendario. La nieve era parte del paisaje, pero el viento marcaba la diferencia. Giraba, se colaba en las esquinas, alteraba patadas y trayectorias. Los locales conocían el secreto. Los visitantes lo sufrían.
El desgaste fue inevitable. Óxido visible, goteras en días de lluvia, nieve que obligó a pedir ayuda comunitaria para despejar accesos, incluso en su última semana de vida activa. Highmark pedía relevo desde hace años y aun así se resiste a irse sin despedida.
Sean McDermott lo sabe. Tras la derrota 13-12 ante Filadelfia, fue de los últimos en salir. Se quedó unos minutos más. No por estrategia. Por memoria. “La vida va deprisa”, dijo. Buffalo llega a la Semana 18 como séptimo preclasificado de la AFC, sin opción de subir más allá del quinto. Jugará playoffs de visitante. No habrá margen para otro partido aquí salvo una carambola improbable.
Más que un partido
El domingo no se siente como un simple Bills contra Jets. El primero de temporada regular en este estadio fue un 9-7 ante los mismos Jets. Tres goles de campo de John Leypoldt. Desde entonces hubo invasiones de campo, palizas históricas, regresos imposibles y partidos jugados casi a ciegas por la nieve.
Jim Kelly todavía evita llamarlo Highmark. “Para mí siempre será The Ralph”. Thurman Thomas habla de un adiós agridulce y deja caer un deseo que pesa. Salir de aquí con un Super Bowl. Algo que su generación no logró pese a cuatro viajes consecutivos en los años noventa.
Chris Clark, el niño que corría beagles para no meterse en problemas, entiende mejor que nadie el significado. “Esto es un ancla”, dice. Un punto de unión para una ciudad del Rust Belt que se dispersó por Atlanta, Carolina y medio país sin soltar los colores. Familias que se formaron aquí. Hijos que heredaron una lealtad que no entiende de resultados.
Cuando caiga la noche del domingo y el reloj marque el final, Highmark Stadium quedará en silencio competitivo por primera vez. Del otro lado de la calle espera el futuro, brillante y funcional. Pero este edificio de concreto, viento y túnel único se va con algo que no se compra. Una memoria compartida que no cabe en ningún render.
